Portada del último número de La ONDA




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Apuntes para un análisis
largamente postergado

Lo que sigue es un documento de integrantes de Batllismo Abierto, una página web que busca crear un espacio de reflexión sobre el futuro del Partido Colorado. Entre los firmantes se encuentra el ex canciller Ope Pasquet, el ex contador general de la Nación, Isaac Umansky, el ex diputado Daniel Lamas y el ex presidente de la Junta Departamental de Montevideo, Aníbal Gloodtdofsky, entre otros.

El Partido Colorado está hoy en el gobierno. Triunfó en tres de las cuatro elecciones presidenciales celebradas desde el restablecimiento de la democracia (aunque quepa observar que en 1999 la segunda vuelta se disputó entre personas, y no entre lemas). En función de estos hechos podría decirse que nuestra colectividad goza de buena salud política. Sin embargo, no nos parece que sea así.

En las elecciones de 1984 el Partido Colorado obtuvo el 42% de los votos. En la primera vuelta de las elecciones de 1999 ese porcentaje había bajado al 30%. El Encuentro Progresista-Frente Amplio pasó en cambio del 20% en 1984 al 40% en 1999, ocasión esta última en la que habría ganado la Presidencia de la República de no haber mediado la segunda vuelta establecida por la reforma constitucional de 1996. En el curso de este crecimiento, el EP-FA conquistó la Intendencia de Montevideo en 1989, y consolidó su hegemonía en la capital al punto de que en las elecciones municipales del año 2000 obtuvo nada menos que el 58% de los sufragios.

Pese a los triunfos colorados antes señalados, pues, es claro que el caudal electoral de nuestra colectividad ha disminuido y que paralelamente el EP-FA se ha transformado en el lema más votado, no sólo en Montevideo sino en todo el país. El Partido Nacional sufrió también la merma de su caudal electoral, en términos aún más severos que los padecidos por el Partido Colorado. Ambas colectividades históricas han tenido que sumar sus votos en nombre de la pertenencia a una misma "familia ideológica", para impedir el triunfo del EP-FA en los últimos comicios.

Los hechos reseñados cambian sustancialmente la estructura política que el país conoció durante la mayor parte de su historia y abren grandes signos de interrogación para el futuro. Con ellos a la vista no es posible negar que el Partido Colorado y el Partido Nacional están frente a una encrucijada histórica que podría eventualmente comprometer su propia supervivencia, y que en todo caso los obliga a redefinir su proyecto político de cara al siglo que comienza..

Es tiempo de que los colorados analicemos públicamente esta nueva e insoslayable realidad. Cuando llegue la hora de la campaña electoral las tareas serán otras, evidentemente. Pero esta es la ocasión para reflexionar serena y francamente, entre todos, acerca de temas y problemas que no podemos darnos el lujo de ignorar, como si bastara con ignorarlos para que dejaran de existir. Los colorados nos estamos debiendo desde hace tiempo una discusión política seria y a fondo acerca de lo que somos y de lo que nos proponemos hacer. Con ánimo constructivo, ciertamente, pero sin triunfalismos absurdos; con legítimo orgullo por nuestra magnífica historia pero sin negar las dificultades del presente, hemos de iniciar un debate largamente postergado que sirva como puesta a punto para encarar la acción política en este Uruguay de hoy, tan distinto de aquel otro que conocieron nuestros mayores y en el que hunde sus raíces nuestra rica tradición.

 

Explicaciones Lo primero que nos viene a la mente, cuando tratamos de entender el porqué de la declinación de los partidos tradicionales y el crecimiento del frenteamplismo en las cuatro elecciones nacionales celebradas entre 1984 y 1999, es la idea de que aquellos gobernaron mal. La ciudadanía confió en ellos antes que en la izquierda -esto es un hecho-, pero ellos no habrían sabido hacer honor a esa confianza. Serían las deficiencias de las dos administraciones del Dr. Sanguinetti, así como las del intermezzo del Dr. Lacalle, las que habrían empujado a los ciudadanos desconformes y desilusionados a votar finalmente al EP-FA.

Lo anterior parece obvio, mas que cierto; si colorados y blancos hubiesen gobernado bien, la ciudadanía estaría satisfecha y la oposición de izquierda no habría llegado a ser la minoría mayor en 1999. Sin embargo, algunas precisiones parecen pertinentes.

El cambio demográfico Ante todo: el electorado no es siempre el mismo, sino que se va renovando entre elección y elección. Esto implica que no todos los votos que se suman a la izquierda corresponden necesariamente a colorados o blancos desencantados; también hay en cada elección jóvenes que votan por primera vez y lo hacen mayoritariamente por el EP-FA, y bajas en el padrón electoral que corresponden mayoritariamente al deceso de votantes de los partidos tradicionales. No es menos importante la emigración internacional de los uruguayos, que afecta a una parte no desdeñable de la población menor de 35 años. Atendiendo precisamente a esta evolución demográfica, cuya interpretación no es unívoca, algunos cientistas sociales consideran casi inevitable el triunfo de la izquierda en las elecciones del año 2004.

Ahora bien: explicar de esta manera el crecimiento electoral de la izquierda, o por lo menos parte de él, plantea a su vez la necesidad de otra explicación: ¿por qué los jóvenes optan mayoritariamente por el EP-FA? La respuesta a esta pregunta podía ser sencilla en los años sesenta, en pleno auge del prestigio de la Revolución Cubana; en el siglo XXI, después de la caída del muro de Berlín, ya no lo es tanto.

La gestión de gobierno Dejemos ahora de lado este aspecto demográfico del tema, y volvamos a la gestión de los gobiernos colorados y blanco; ¿habrá sido tan mala como para determinar el fin de un sistema bipartidista excepcional en el mundo por su longevidad?

Los principales indicadores de la evolución del país entre 1985 y 1999 no respaldan una respuesta afirmativa a esa pregunta. A partir de 1985 Uruguay logró restablecer el normal funcionamiento de las instituciones democráticas. Entre ese año y 1999 el PBI creció promedialmente a una tasa de más del 3% anual, lo que demuestra que se consiguió dejar atrás el largo estancamiento de nuestra economía, comenzado en la segunda mitad de los años cincuenta, que tanto malestar social y político causó en los años previos al golpe de estado de 1973. El crecimiento, medido según los indicadores usualmente utilizados por la mayor parte de los organismos nacionales e internacionales, no se obtuvo a expensas de la equidad en la distribución del ingreso; atendiendo a esta última, Uruguay sigue siendo el país que mejor califica en América Latina. El país se integró al Mercosur. Se hicieron reformas de envergadura en áreas tan importantes y diversas como la educación, la seguridad social, la administración de justicia, el puerto de Montevideo y el propio ordenamiento constitucional. Quizás una buena apreciación de conjunto de todo esto sea la que resulta del hecho de que Uruguay, pese a sus múltiples problemas y carencias, figura año tras año en los primeros cuarenta lugares del Indice de Desarrollo Humano que elaboran las Naciones Unidas.

Malhumor colectivo Sin embargo, el hecho es que la población no está conforme. El permanente crecimiento electoral del Frente Amplio es la evidencia más clara de ello. Más allá de ese u otros datos precisos, hay un difuso malhumor, un extendido sentimiento de frustración, un desánimo colectivo -sobre todo en Montevideo- que proclaman a gritos que un sector creciente de la sociedad uruguaya considera que los partidos tradicionales perdieron el rumbo y condujeron mal al país en estos tres lustros. El contraste entre aquellos indicadores auspiciosos y variadas experiencias de la vida cotidiana del hombre común (tales como la inseguridad pública, el desempleo y la inseguridad laboral, la expansión de los asentamientos irregulares, la mendicidad infantil, la emigración internacional de numerosos jóvenes) afectó el talante ciudadano. Sin duda, un fenómeno central de la vida de la sociedad uruguaya en estos años es el divorcio entre la evolución de los indicadores de la gestión de gobierno, y la valoración que la ciudadanía hace de ella.

El "síndrome de Maracaná" Se han propuesto diversas explicaciones de la distancia, a menudo abismal, entre los resultados objetivos y la percepción colectiva de los mismos. Una de ellas dice que lo que sucede es que la nuestra es una sociedad demográficamente envejecida, que tiene su paradigma en el pasado. Estaríamos padeciendo el "síndrome de Maracaná", o propensión a juzgar al presente comparándolo con un pasado idealizado, mítico, ante cuya imagen radiante e impoluta, grabada en el disco duro del imaginario colectivo, todos los logros de hoy parecerían insuficientes y menores.

Cambios a contrapelo En el mismo sentido cabe apuntar que, vistas a la luz de aquel pasado glorioso de Maracaná, Luis Batlle y "como el Uruguay no hay", importantes políticas públicas de estos tres lustros en consideración lucen francamente heréticas. Pasamos de la prodigalidad intervencionista al ajuste fiscal permanente; del dirigismo a la desregulación; del clientelismo masivo a la reforma del Estado más IVA; del proteccionismo y la sustitución de importaciones a la apertura comercial; de la creación al cierre de empresas públicas (ILPE), a su drástica reducción (AFE), a su asociación con empresas privadas (PLUNA) y a la eliminación de monopolios que las beneficiaban (Banco de Seguros). En estos y muchos otros casos, las reformas emprendidas en los años indicados chocaron frontalmente con las concepciones heredadas de aquel pasado tan fuertemente enraizado en la conciencia colectiva. En 1992 el gobierno herrerista, a través de algunos de sus más conspicuos voceros, proclamó "la muerte del Uruguay batllista" para impulsar la Ley de Empresas Públicas y dentro de ella la apertura de ANTEL al capital privado, sólo para suscitar una respuesta popular que, referéndum mediante, barrió con las normas legales que hubiesen producido dicho efecto.

La manifiesta resistencia popular al cambio no deja de tener explicación y fundamento; la población ha visto que en nombre del cambio pierde las seguridades de antaño, pero todavía está por ver las oportunidades, el crecimiento y las ventajas que se le dijo que en contraprestación recibiría. Así por ejemplo, la frágil industria nacional perdió decenas de miles de puestos de trabajo que en un mundo de Mercosur, OMC y globalización ya no era posible seguir manteniendo a fuerza de aranceles y subsidios; pero ni el Mercosur, ni la OMC ni la globalización, han generado todavía en nuestro suelo las nuevas industrias capaces de absorber a los desocupados del viejo parque industrial en vías de liquidación.

Desde nuestra perspectiva, especialmente significativo resulta el hecho de que nuestro partido fue a la vez el artífice de aquel Uruguay batllista, y el principal promotor del actual empeño de cambio y modernización. Nuestras políticas de hoy contradicen nuestras políticas de ayer. Es cierto que la contradicción se salva teniendo presente las diferencias profundas, enormes, que separan el ayer del hoy; pero también lo es que el pueblo apremiado por necesidades y problemas no siempre tiene tiempo para ubicarlos en perspectiva histórica...Mientras tanto, el Frente Amplio explota la situación tratando de ganarse el aún vigente sentimiento batllista de buena parte de la sociedad: levantando las viejas banderas de los años cincuenta y capitalizando el malestar que generan los cambios, no siempre bien concebidos ni bien ejecutados, que hacen tambalear antiguas certezas pero aún no aportan nuevas soluciones a los problemas del diario vivir.

Corrupción y corruptelas

Otro fenómeno que ha incidido en el debilitamiento de los partidos tradicionales y el crecimiento del frenteamplismo ha sido sin duda el de la corrupción en el gobierno y la administración pública. Los casos más resonantes correspondieron al período de gobierno del Dr. Lacalle y afectaron, notoriamente, el caudal electoral nacionalista. Pero no hay que olvidar que ya circulaban rumores durante el primer gobierno del Dr. Sanguinetti, y parece innecesario señalar que el tema sigue dolorosamente vigente en la actualidad. No se necesita tener la bola de cristal para vaticinar que será uno de los ejes -quizás el principal- de la próxima campaña electoral.

El término corrupción alude a muy diversos comportamientos, que van desde lo francamente delictivo y cuantioso hasta los pequeños abusos administrativos. Si aquellos siempre fueron reprobados, éstos en cambio fueron tácitamente tolerados durante mucho tiempo bajo la cínica consigna de "vivir y dejar vivir". Esa antigua tolerancia es lo que hoy ya no existe. "La recomendación de un político" para conseguir esto o aquello, el uso indebido de la locomoción oficial, los "pases en comisión" para no trabajar, los contratos bien pagos en el Estado para los familiares de ministros y legisladores: esas y otras prácticas que de una forma u otra convivían discretamente con nosotros desde hace mucho tiempo, son hoy motivo de escándalo y reprobación. La gente ya no "deja vivir" a "los políticos", porque siente que "los políticos" no la dejan vivir a ella. En tiempos de vacas flacas y ajuste fiscal permanente, es comprensible que los ciudadanos se indignen cuando quienes predican eficiencia y austeridad se permiten a sí mismos tantas libertades a expensas del Erario y lo hacen además con asombroso desparpajo. La indignación crece cuando quienes así actúan, faltando a elementales deberes de decencia y decoro en el ejercicio de la función pública, no reciben ni una sanción administrativa o penal, ni una censura siquiera del sector o partido político que integran.

Ningún partido político tiene el monopolio de la virtud; ninguno está libre tampoco de que en sus filas aparezcan quienes no sean dignos de integrarlas. Pero sin perjuicio de ésto, es cierto y evidente que en el Frente Amplio se han registrado menos casos de corrupción que entre blancos y colorados. Será porque el Frente no ha estado en el gobierno nacional, quizás, o por cualquier otra razón; pero ése es el hecho. La gente lo nota y lo registra; y seguramente va a recordarlo -se lo recordarán- a la hora de votar.

El fin de la Guerra Fría Hasta 1989, el enfrentamiento de los partidos tradicionales con el Frente Amplio tenía siempre el telón de fondo de la Guerra Fría y sus profundas implicaciones ideológicas. Cualesquiera fuesen los errores de blancos y colorados, la gran mayoría de los uruguayos prefería esos errores en viejos partidos probadamente democráticos, a las presuntas virtudes de los defensores de la Unión Soviética, el Muro de Berlín y la Cuba de Castro. Pero en 1989 el Muro de Berlín cayó y la Guerra Fría se terminó con el triunfo de los Estados Unidos y la OTAN; Fidel Castro pasó a ser un dinosaurio en patético aislamiento.

Estos acontecimientos le hicieron la vida más fácil al Frente Amplio; en la bancarrota de la Unión Soviética se licuó su pasivo ideológico marxista leninista. Los uruguayos le perdieron el miedo a quienes, por el cierre de la casa matriz -y no por voluntad propia-, habían dejado de ser los representantes locales del totalitarismo. El haberse liberado de ese fardo le permitió al EP-FA crecer sustancialmente en los comicios de 1994, en los que logró hacer pie en el interior del país y aumentar su caudal electoral en 200.000 votos. En esa ocasión el electorado se dividió prácticamente en tercios entre los lemas principales.

Una clave poco marxista: el factor personal Para el logro de ese resultado la izquierda contó además con un factor que nunca antes había tenido a su favor: un candidato carismático como lo es sin duda el Dr. Tabaré Vázquez. Es un hecho innegable que éste tiene atributos de líder y comunicador político que hacen de la suya una candidatura fuerte en cualquier elección. Ello no obstante, parece claro también que el Dr. Vázquez está muy lejos de tener el conocimiento del Estado y de la sociedad y la habilidad política de Sanguinetti, Batlle o Lacalle. El hecho de que, pese a ello, el Frente haya logrado el primer lugar en las elecciones de 1999, indica hasta dónde ha llegado el descrédito de los partidos tradicionales.

La desmovilización colorada Hemos dejado deliberadamente para el final de estos comentarios, la consideración de un factor que a nosotros nos parece especialmente relevante en el proceso político que venimos considerando. A partir de 1985, el Partido Colorado fue desactivando gradual pero implacablemente los precarios mecanismos de funcionamiento orgánico que con tanto éxito había establecido y utilizado entre 1982 y 1984. La Convención Nacional dejó de reunirse; el Comité Ejecutivo Nacional redujo sus tareas a lo meramente administrativo; los órganos departamentales corrieron igual suerte. Hoy el Partido Colorado no es más que una maquinaria electoral.

Durante el primer gobierno del Dr. Sanguinetti pudo pensarse -quizás ya entonces con exceso de buena voluntad- que la desactivación del partido era un resultado no querido de la absorción de sus dirigentes por la actividad gubernamental. Pero a partir de 1990 el Partido Colorado estuvo en la oposición, y no por ello retomó la senda del funcionamiento orgánico y democrático. A esa altura era ya evidente que los principales dirigentes colorados -Sanguinetti, Batlle, Pacheco Areco- no creían en la conveniencia de que el Partido funcionase de acuerdo con los preceptos de su Carta Orgánica. Las decisiones políticas de importancia quedaron reservadas al ámbito de una cúpula cada vez más reducida.

Se llegó al extremo de que cuando se planteó la reforma constitucional de 1996, el Comité Ejecutivo Nacional anunció por la prensa el comienzo de las "movilizaciones" en apoyo de la reforma, antes de que la Convención partidaria hubiese sido siquiera convocada para discutirla. Fueron convencionales ajenos al Comité Ejecutivo y a los principales sectores partidarios, los que en esa ocasión reunieron las firmas necesarias para exigir del Comité Ejecutivo la convocatoria del órgano máximo.

No sorprendió a nadie, en consecuencia, que en 1999 tampoco se reuniera la Convención para elaborar el programa de acción del Partido de cara a las elecciones nacionales. Las propuestas programáticas fueron elaboradas por un reducido grupo de legisladores y técnicos, y sometidas a la consideración y decisión de los integrantes de la fórmula presidencial. La histórica Sala de la Convención fue solamente el escenario de la conferencia de prensa en la que el programa se anunció al país.

¿Quién conoce a un Senador? A esa altura hacía ya mucho tiempo que los viejos clubes seccionales habían dejado de existir. Antes de cerrar sus puertas se habían desnaturalizado, porque las "escuelas cívicas" que creó Batlle y Ordóñez habían degenerado en agencias clientelísticas ya desde los años cincuenta.

En 1973 dejó de publicarse el diario "Acción", y en la década del 90 corrió la misma suerte -tras sucesivos cierres y reaperturas que hicieron más penosa su agonía- el emblemático diario "El Día". El semanario "Opinar", tan importante en el plebiscito de 1980 y tan fermental en los años posteriores, dejó de salir poco tiempo después del restablecimiento democrático de 1985. Otros semanarios declaradamente colorados -"Correo de los Viernes", "Jaque", "SobreTodo"- tampoco lograron perdurar. En suma: dejó de haber prensa partidaria afín al Partido Colorado.

En la radio, la pluralidad de emisoras y audiciones hace menos fácil seguir el rastro de la retirada colorada, pero es igualmente claro que ésta se produjo. No existe desde hace mucho tiempo nada parecido a la legendaria "Radio Ariel" de Luis Batlle, ni audiciones que sean punto de referencia como lo fue en su momento la "Hora de Lucha Colorada" de Manuel Flores Mora.

Sin Convención, sin clubes, sin diarios, sin radios, ¿cómo se comunican con el pueblo los dirigentes colorados? Será por telepatía. A la televisión sólo acceden con frecuencia los ministros, algunos legisladores y algunos directores de entes autónomos; y aún ellos deben acotar normalmente sus mensajes a sus funciones específicas y a tiempos breves. En estas condiciones no sorprende que, según una encuesta reciente de "Factum", sólo el 28% de los votantes colorados conoce el nombre de algún senador de su partido (publicado en El Observador, domingo 19 de agosto de 2001). El porcentaje respectivo es de 45% para el Partido Nacional, y 72% para el Frente Amplio.

Las tareas de la hora Ni el Partido Colorado ni sus sectores procuran orientar a sus seguidores y apoyar a sus dirigentes intermedios, exponiendo sistemáticamente una visión de conjunto del país, de sus oportunidades y sus problemas, del rumbo a seguir y del futuro a conquistar. Entre la propaganda electoral y la información de gobierno, falta la expresión de un proyecto político que a todos ofrezca un lugar y una tarea, que ilumine el camino y ayude a sobrellevar las dificultades de la marcha.

Se descuidó simultáneamente el cultivo de la tradición partidaria, así como el empeño por mantener vivo un relato actualizado de la historia nacional, tal como el Partido Colorado la ha vivido e interpretado a través de sus hombres, sus luchas y sus magníficos logros. El hecho de que nuestro sentido de la historia se haya embotado, seguramente tiene que ver con la pobreza del discurso con la que se expresa nuestra visión del porvenir.

Demostrado está pues que, en tiempos de cambios profundos en el mundo entero, que obligan al Uruguay a cambiar a costa de grandes sacrificios para su población, el Partido Colorado ha reducido al mínimo sus canales de comunicación con la ciudadanía y sus propios espacios internos de participación democrática. En estas condiciones "el Partido" es un recuerdo, un sentimiento, quizás para algunos un proyecto, pero no una realidad viva y actuante en la política nacional. En la política nacional sólo cuentan -como en el pobre fútbol uruguayo- las individualidades. A ellas los colorados hemos entregado nuestra suerte y la del país. Los resultados están a la vista. Eramos el 42% del electorado en 1984; fuimos apenas un poco más del 30% en 1999.

Es preciso actuar antes del 2004, y habrá que seguir haciéndolo después. Los colorados todos debemos reflexionar, reunirnos, discutir y actuar. Cada cual en su ámbito, con sus amigos y a su manera, y todos con el propósito de abrir el partido a la más amplia participación popular, de hacer explícitos y transparentes sus proyectos, de restablecer una comunicación fluida con todos los sectores de la sociedad uruguaya, de asumir la voz y la acción democrática de los vastos sectores marginados y empobrecidos de la ciudad y del campo, de actualizar ideas y propuestas al tiempo que mantenemos viva la conciencia de nuestra historia.

No creemos en mesianismos ni en sectarismos; no pretendemos constituir un nuevo sector ni luchamos a favor ni en contra de ninguna candidatura. Antes y por encima de sectores y candidaturas, urge recrear un ambiente libre y fermental y una dinámica democrática al interior del Partido Colorado. Así podremos pensar y trabajar en un proyecto de partido y de país que nos devuelva el entusiasmo y nos permita mirar el porvenir con fe y alegría.

Este es el tiempo de hacerlo.

Hagámoslo.

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