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Conflictividad laboral
Noviembre 2004 |
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Convención Colorada
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Convención Colorada
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Lista 365
Ope Pasquet Iribarne
Informe de Batllismo Abierto a la Convención Nacional del
Partido Colorado, acerca del resultado de las elecciones del
pasado 31 de octubre
4 de diciembre de 2004
El resultado electoral del pasado 31 de octubre fue, para el
Partido Colorado, el peor de su historia. Por primera vez desde
que en Uruguay hay elecciones, nuestra colectividad política
quedó relegada al tercer lugar, a más de veinte puntos
porcentuales de distancia del Partido Nacional, y a cuarenta
puntos del Encuentro Progresista. Uno sólo de los sectores de
esta fuerza política, el MPP de esos Tupamaros a quienes tan
duramente combatimos, obtuvo más de 100.000 votos más que el
Partido Colorado. No ganamos en ninguno de los diecinueve
departamentos, y sólo logramos quedar segundos en Rivera. En
Montevideo y Canelones, principales circunscripciones
electorales del país y baluartes históricos del Partido
Colorado, nuestra votación estuvo por debajo del 10% que fue
nuestro promedio nacional.
No es necesario abundar en datos o comparaciones. Es evidente
que el resultado electoral fue, para el Partido Colorado,
desastroso. Hay que asumir esta realidad en toda su dolorosa
magnitud. El primer requisito para superar los problemas
es reconocer que existen.
A la hora de examinar estos hechos, hay a nuestro juicio dos
actitudes que deben evitarse.
Ante todo, debemos evitar la personalización de los debates, los
agravios recíprocos y el apartamiento de los cauces de
normalidad por los que debe transcurrir esta asamblea. Es obvio
que si recorremos ese camino sólo llegaremos a resultados
dañinos para todos, que serán seguramente reprobados por la
opinión pública. Cuidemos el prestigio de la Convención.
Por otro lado, tampoco podemos adoptar actitudes
autocomplacientes, ocultándonos a nosotros mismos la gravedad de
los problemas o eludiendo su tratamiento serio y riguroso.
Tratemos de que la Convención del Batllismo no se parezca a los
antiguos congresos del Partido Comunista de la Unión Soviética,
cuyos miembros aprobaban siempre sonrientes y por unanimidad los
informes del Secretario General, hasta que desapareció la Unión
Soviética. Cuidemos la dignidad de la Convención.
Después de haber pasado demasiados años en silencio, la
Convención tiene que recuperar la práctica del debate
democrático, parte esencial de la cultura cívica del
Partido y del país. El debate democrático no se hace con
agravios, pero tampoco con silencios ni con aplausos; se hace
con razones, expresadas con libertad y respeto para ser
escuchadas y contestadas del mismo modo. Para la Convención,
el desafío consiste hoy en discutir la situación del Partido
Colorado de esta manera, y a esa discusión respetuosa, pero
también franca y seria, pretende contribuir este informe.
Todavía es preciso formular otra precisión preliminar: no
permitamos que el legítimo afán de preservar la unidad del
Partido, se transforme en una mordaza para la Convención. La
Convención pasó años sin reunirse y las disputas sectoriales
siguieron existiendo, como es notorio. Ahora que la
Convención vuelve a hacerse oír, como nunca debió dejar de
hacerlo, que nadie pretenda ponerle sordina en nombre de la
“unidad”.
La unanimidad sólo puede ser excepcional en un partido vigoroso
y democrático; si se transforma en regla o hábito, será porque
el partido perdió vitalidad o dejó de ser democrático. El
Partido Colorado necesita tonificarse con el libre juego de
razones y opiniones. Las discrepancias han de zanjarse mediante
la votación, que es la herramienta democrática por excelencia.
Después del debate y la votación, la unidad será el resultado
del acatamiento de la voluntad de la mayoría. Pero si no hubiera
debate ni votación, la unidad no sería el resultado legítimo y
valioso del proceso democrático, sino el síntoma de un partido
enfermo de verticalismo. No es esta clase de unidad de estilo
soviético la que queremos para el Partido Colorado.
Nosotros, que heredamos la tradición liberal de la Defensa y la
tradición democrática del Batllismo, sólo podemos aceptar, y
sólo tenemos la obligación de preservar, la unidad que
respetando la pluralidad de opiniones y la libertad en el
debate, cristaliza en el seno de los órganos del partido en el
acto en que de la votación surge la voluntad mayoritaria, a la
que todos debemos acatamiento. Esa es la unidad orgánica y
democrática del partido; la única que entendemos, aceptamos y
defendemos.
Hechas estas puntualizaciones, podemos entrar en materia.
La derrota del Partido fue de tal naturaleza y magnitud, que no
vamos a revertirla apelando simplemente a aquello de “ponernos
el overol y salir a trabajar”. Esa es la reacción sana y natural
frente a un resultado adverso que pueda calificarse de normal.
Pero el resultado del 31 de octubre no fue “normal” desde ningún
punto de vista; sin duda alguna marca un antes y un después en
la historia política del Uruguay. Si “salimos a trabajar” antes
de haber comprendido lo que sucedió, probablemente repitamos los
errores que nos llevaron al desastre. Primero tenemos que hacer
un análisis de lo ocurrido que nos permita entenderlo, y a
partir de ahí proyectar las líneas de acción futura. Este es, a
nuestro juicio, el sentido de esta Convención; no se trata de
“autoflagelarnos” ni de “pasarnos facturas”, como a veces se
dice, sino de razonar colectivamente acerca de lo que pasó, para
responder inteligente y eficazmente a los tremendos desafíos que
la hora nos plantea.
En busca de las
causas de largo plazo.
El resultado de las elecciones de octubre se explica hasta
cierto punto por hechos y situaciones que se dieron durante el
período de gobierno que concluye, pero es también la expresión
de procesos más profundos, que se vienen desarrollando desde
hace décadas.
En efecto, es bien sabido que el Frente Amplio aumentó
permanentemente su caudal electoral desde su constitución en
1971 hasta el presente. En función de esta tendencia, el
politólogo Luis Eduardo González había previsto ya en el año
2000 que en la elección del 2004 aquella fuerza política podría
alcanzar la mayoría absoluta, como efectivamente sucedió. Ni la
crisis del 2002, pues, ni los problemas de comunicación de este
gobierno, ni las peculiaridades del proceso de definición de la
candidatura presidencial colorada, bastan para explicar lo
ocurrido, que empezó a gestarse mucho tiempo atrás.
Evidentemente, decir que el Frente creció porque existió “una
tendencia demográfica” en ese sentido no explica mucho. Los
nuevos votantes no se fueron incorporando mayoritariamente al
Frente Amplio por mutaciones genéticas que los determinaran a
ello; los que fueron votantes de los partidos tradicionales y
luego siguieron a los más jóvenes por ese camino, tampoco
actuaron obedeciendo a incontenibles fuerzas naturales. Hubo
razones políticas, o culturales si se prefiere, que hicieron que
la mayoría de los uruguayos abandonara a los partidos
fundadores, reduciendo su caudal electoral, considerado en
conjunto, a la mitad (del 90% obtenido en 1966, al 45% de la
última elección). En el dilatado lapso que insumió esa masiva
migración electoral, el país pasó por distintos momentos
políticos, económicos y sociales. Hubo años de crisis y
dificultades, sin duda, pero también los hubo de crecimiento y
prosperidad, con mejoras sensibles de indicadores sociales
importantes. Sin embargo, el crecimiento electoral del Frente
nunca se detuvo. ¿Por qué? Si no logramos dar respuesta
satisfactoria a esta pregunta elemental, no se entiende cómo
habríamos de orientar nuestros esfuerzos para revertir la
situación que hoy padecemos.
El viraje ideológico.
Sin pretender agotar una cuestión sin duda muy compleja, cabe
plantear la hipótesis –que por cierto no es original- de que el
grueso de la sociedad uruguaya no aceptó hasta hoy lo que las
élites blancas y coloradas asumieron hace por lo menos veinte
años, es decir, que el país ya no puede solventar las políticas
del “Estado de bienestar” que tuvieron su máxima expresión en
las décadas de 1940 y 1950. En aquellos años creció de manera
espectacular el número de los funcionarios públicos (muchos de
ellos bien pagos), proliferaron las causales jubilatorias y las
“leyes sociales”, se protegió a la industria nacional con altos
aranceles, subsidios y otros instrumentos (cambio múltiple,
etc.). El agotamiento de ese modelo llevó a la derrota del
Partido Colorado en las elecciones de 1958. El no haber
encontrado un modelo alternativo exitoso generó las tensiones
sociales y políticas de los años sesenta, antesala de los doce
años de dictadura militar comenzados en 1973. Desde el
restablecimiento de la democracia en 1985 los sucesivos
gobiernos constitucionales buscaron reducir el número de los
funcionarios públicos, reformar las empresas públicas, abatir
aranceles y eliminar subsidios, en el marco de un proceso de
integración regional y apertura comercial general. Los
esfuerzos de los partidos tradicionales en ese sentido
–esfuerzos de distinta intensidad, calidad y eficacia, sin duda-
fueron permanentemente criticados y obstaculizados por la
izquierda. Esta logró convencer a los sectores mayoritarios de
la población de que para mejorar su nivel de vida no es
necesario hacer en el Uruguay las reformas que han hecho en sus
respectivos países desde las socialdemocracias europeas hasta el
Partido Comunista Chino, sino apegarse con firmeza y decencia a
la vieja manera uruguaya de hacer las cosas. Esta mentalidad,
que concibe el “progresismo” como el movimiento de retorno a las
alpargatas “Rueda” y el pantalón “sanforizado”, que desconfía de
la inversión extranjera (“piratas”) y no termina de aceptar la
legitimidad y necesidad del afán de lucro inherente a la empresa
capitalista, le ganó primero la batalla cultural a los partidos
tradicionales, y luego capitalizó ese dominio cultural, en el
plano político electoral. El Batllismo sufrió el impacto más
fuerte, porque en el discurso frenteamplista de hoy resuenan los
ecos del discurso batllista de los años cincuenta, y porque la
base social tradicional del Batllismo –funcionarios públicos,
empresarios y obreros de la industria, jubilados, etc.- sintió
el rigor de las políticas de ajuste fiscal, reforma del Estado y
apertura económica.
Por cierto, no sólo nuestro partido debió hacer el tránsito
ideológico y político desde el “Estado de Bienestar” a la
economía globalizada. Mientras en Uruguay la dictadura militar
congelaba la evolución política y nos obligaba a luchar por los
fundamentos del régimen republicano y democrático, en Europa los
partidos socialdemócratas adaptaban sus definiciones ideológicas
y sus programas de gobierno a las nuevas realidades. De estas
adaptaciones, la más resonante fue quizás la del Laborismo
británico, que con el liderazgo de Tony Blair y el respaldo
ideológico provisto por “La tercera vía” de Anthony Giddens,
logró ganarle a los conservadores y concitar la atención
mundial. Pero también en España, en Francia, en Italia, en
Alemania y en los países escandinavos, la vieja ortodoxia
socialdemócrata debió repensarse y reformularse para adecuarse a
la nueva economía.
Nosotros, repetimos, no logramos procesar esa renovación
ideológica de manera orgánica, sistemática y completa. Mucho
menos logramos comunicarle a la población la visión de un
Uruguay adaptado a las exigencias de la economía de mercado,
capaz de crecer y prosperar con equidad a través de la inserción
inteligente en los mercados mundiales.
La referencia a la equidad es de importancia capital para un
partido como el nuestro, nos va la identidad en eso. Para el
Batllismo la modernización no puede agotarse en la
racionalización de la gestión macroeconómica. Además de
eso, sin perjuicio de eso pero al mismo tiempo que eso, tenemos
que explicar cómo habremos de cumplir nuestra irrenunciable
misión de ser “el escudo de los débiles”, cómo seguiremos
trabajando, con nuevas herramientas, en pro de la sociedad
integrada de hombres y mujeres con iguales oportunidades, de
niños con iguales oportunidades. No logramos convencer a la
ciudadanía de que la sensibilidad social del Batllismo de Don
Pepe sigue viva en nosotros. Por eso muchos batllistas
auténticos, cabales, fueron a buscar esa misma sensibilidad bajo
otras banderas.
El pueblo, en fin, no nos acompañó en esa propuesta de cambio
que nosotros tampoco logramos definir con claridad y precisión,
y de manera políticamente atractiva. El pueblo siguió esperando
el retorno del Batllismo de los años cincuenta; y los que se
fueron cansando de esperar a los partidos tradicionales, se
fueron incorporando a la izquierda, que supo convocarlos
diciéndoles lo que querían oír.
Por lo tanto, en la medida en que nuestro discurso no logró
convencer a la ciudadanía en general, y ni siquiera a buena
parte de nuestro propio partido, nuestra gestión de gobierno
–inspirada en dicho discurso- nos fue alejando de la
preferencia popular. Fracasamos en la gestión del cambio.
Pensamos que esta es una de las grandes líneas explicativas de
lo que ocurrió en los últimos veinte años.
Un partido alejado de
la sociedad.
Por otro lado, y siempre en el plano de los factores de largo
plazo, es claro que nuestro partido fue perdiendo los numerosos
puntos de contacto que tuvo antaño con diversos sectores y
grupos de la sociedad uruguaya. Perdimos nuestra inserción en la
trama de la sociedad civil, perdimos la comunicación directa con
comisiones de fomento barriales y escolares, sindicatos,
cooperativas, clubes deportivos, grupos de profesionales
universitarios, etc.; comunicación directa que no era el
resultado de ningún plan preconcebido, como bien lo sabemos,
sino que se producía espontáneamente, por la presencia de
correligionarios nuestros en cada uno de esos ámbitos, que luego
trasladaban las demandas surgidas en su seno a un partido que
las recibía y las endosaba, y a un gobierno que procuraba
satisfacerlas. Los colorados que hoy ostentan alguna
representatividad emanada de la sociedad civil, no tienen en la
mayoría de los casos el respaldo efectivo del partido; si
llegan a tomar contacto con el gobierno, lo hacen por sus
propios medios; la experiencia que obtienen en su gestión, no
tiene luego ámbitos partidarios donde volcarse y ser de
utilidad.
Sin prensa.
En materia de prensa también es notorio que hemos perdido
presencia. En ese sentido es emblemático el cierre de “El Día”
en los años noventa, dejando un vacío que hasta hoy no se ha
podido colmar. Mucho antes que “El Día” había cerrado “Acción”,
y cerraron también semanarios como “Opinar” y tantos otros, que
en su momento cumplieron una importante función de prédica no
solo política, sino también cultural, y que actuaban además como
factores aglutinantes de ciudadanos con inquietudes
intelectuales que no hallaban cómoda inserción en otros espacios
partidarios.
La Convención
vacía.
Para completar este esbozo, obviamente fragmentario e
incompleto, de algunos de los factores que explican la merma del
caudal electoral del Partido Colorado en el curso de los últimos
veinte años, tenemos que referirnos una vez más a la falta de
funcionamiento de los órganos partidarios, que Batllismo Abierto
viene señalando desde su fundación. En este ámbito y en esa
materia, no es preciso extenderse: la Convención sabe
perfectamente a lo que nos referimos. Los colorados hemos
permitido que nuestro partido fuera reducido a la condición de
mero instrumento electoral. La Convención ha sido un cero a la
izquierda desde hace muchos años; esta es la primera vez en
mucho tiempo que se discute aquí algún tema políticamente
importante. En sus anteriores integraciones, el Comité Ejecutivo
Nacional se ha limitado por lo general a actuar en el plano
administrativo. La Agrupación de Gobierno Nacional no es más que
un recuerdo. La estructura partidaria toda fue vaciada de
contenido democrático. No creemos que ese vaciamiento sea la
causa única ni principal de nuestra actual debilidad, pero
estamos absolutamente convencidos de que ha sido un factor
importante para que llegáramos a estar como estamos.
Si ahora procuramos abarcar en una mirada de conjunto, todos los
factores antes reseñados, lo que vemos explica la erosión
electoral sufrida en el curso de las últimas décadas. Un partido
que se embarca en un cambio ideológico mayor; que por ello
adopta algunas políticas contradictorias con su pasado y que
además tienen un fuerte impacto negativo sobre su propia base
electoral; que pierde sus medios de prensa y sus vasos
comunicantes con la sociedad, y por lo tanto no puede explicar
de manera suficiente y eficaz su viraje ideológico; un partido
que además de todo lo anterior, paraliza su propio
funcionamiento orgánico interno, es un partido condenado a
sufrir, por lo menos y en el mejor de los casos, un duro revés
electoral.
Las causas
próximas.
Si todavía añadimos a esos factores actuantes en el largo plazo,
los elementos negativos que se generaron durante el período de
gobierno que concluye, tenemos lo que algún analista ha llamado
“la tormenta perfecta”.
El impacto devastador de la crisis económica no necesita ser
explicado ni subrayado; todos lo conocemos y todos lo sufrimos,
de una manera u otra. Sólo nos parece necesario puntualizar que
la crisis no empezó en el 2002; entonces se produjo “el
cataclismo bancario”, como lo llamó en su libro el Cr. Bensión,
y la devaluación que puso fin al atraso cambiario cuya
existencia tanto tiempo se negó. Pero no olvidemos que la
recesión había empezado ya en 1999, y que la crisis
del 2002
encontró al país debilitado y a la sociedad empobrecida.
¿Balotaje anticipado?
En otro orden de consideraciones, el llamado “balotaje
anticipado” también existió, aunque sea difícil aquilatar su
real magnitud. No caigamos en el error autocomplaciente de
pensar que todos los colorados que en octubre no votaron al
Partido, procedieron así por no entender el mecanismo electoral.
Muchos hubo que a conciencia y con dolor decidieron alejarse por
lo menos en esta ocasión del lema al que votaron toda su vida,
porque sintieron que no podían votarlo con tranquilidad y
convicción.
Este último grupo de ciudadanos no era homogéneo, sin duda; los
hubo con muy diversas motivaciones. Algunos estaban indignados
por haber sufrido en carne propia los delitos perpetrados en el
Banco de Montevideo y en el Banco Comercial; otros eran
ahorristas reprogramados del Banco República; también había los
endeudados en dólares, perjudicados por la devaluación del 2002.
La
corrupción.
Y sin pretender agotar el elenco de los motivos que impulsaron a
quienes se alejaron deliberadamente de nosotros, tenemos que
señalar al grupo de los desconformes con la reacción, o mejor
dicho con la falta de reacción del Partido, ante los casos
reales o supuestos de corrupción, o de meras prácticas
administrativas irregulares, que involucraron a algunos miembros
de nuestra colectividad.
Durante todos estos años han circulado rumores y versiones de
todo tipo y color acerca de legisladores, gobernantes y jerarcas
de la administración. Sólo en unos pocos casos actuó la Justicia
Penal, y sobran los dedos de las manos para contar los
procesamientos por ella dispuestos. Sin embargo, el daño
causado al sistema político en general y al Partido Colorado en
particular, fue enorme. La sociedad uruguaya está hoy convencida
de que existe un grado importante de corrupción en la vida
pública; desconfía genéricamente de todos aquellos que ocupan
cargos de jerarquía, en especial si son colorados. Exagerando
sólo un poco, podría decirse que la presunción de inocencia
(toda persona se presume inocente hasta que se pruebe su
culpabilidad), propia de los sistemas penales liberales, se ha
invertido, y que a los dirigentes políticos se les presume
sinvergüenzas hasta que prueben su inocencia.
Reconozcamos que el partido hizo poco o nada para detener y
revertir esa corriente de opinión, tan poderosa como dañina. La
prueba más clara de ello es que el órgano que debió haber
actuado intensamente durante todo este período, que es la
Comisión de Disciplina establecida por nuestra Carta Orgánica,
estuvo desintegrado durante años; recién hoy se incluye en el
orden del día de la Convención, la designación de sus miembros.
Podrá replicarse que durante los cinco años pasados la
Convención tampoco se reunió ni una sola vez, por lo que mal
pudo haber integrado y puesto a funcionar a la Comisión de
Disciplina. Lo cual es cierto, sin duda, y aporta un argumento
más en pro del funcionamiento orgánico y democrático del
partido.
No podemos dejarle a la Justicia Penal solamente, el cuidado del
comportamiento de los hombres públicos; hay conductas que no
constituyen delitos pero que sí son inmoralidades, actos
indecorosos o indecentes que por ser tales merecen reprobación.
Un partido político serio, respetuoso de la ciudadanía y celoso
de su propio prestigio, no puede permitir que tales actos queden
sin sanción. Nosotros no sólo no sancionamos a nadie, sino que
ni siquiera le pedimos explicaciones a nadie. Visto el mismo
asunto desde el punto de vista de los afectados por los rumores,
digamos que no les dimos a ellos la oportunidad, a la que por
cierto tenían derecho, de enfrentar esos rumores y justificar
su conducta.
Ante la pasividad del partido en estos temas, mucha gente llegó
a convencerse de que para los colorados es más importante el
vínculo político que nos une, que el respeto a la ley; y que por
ello estamos dispuestos a cerrar los ojos ante las conductas
irregulares, si el implicado pertenece a nuestra colectividad.
A nuestro juicio, este es sin duda uno de los factores a tener
en cuenta para explicar el desastre electoral del 31 de octubre.
La indispensable
renovación.
Sabiendo que no hemos agotado el tema ni mucho menos, y que
habrá que seguir reflexionando acerca de las causas del 31 de
octubre para extirparlas de raíz y revertir sus efectos,
queremos resumir ahora nuestra apreciación de los hechos
diciendo que lo que pasó fue que la ciudadanía le retiró la
confianza al Partido Colorado. Perdimos la confianza popular;
ese es el hecho.
Un partido como el nuestro no pierde su credibilidad de un día
para el otro –ya hemos visto que el proceso empezó hace veinte
años por lo menos-, pero tampoco la recobra de un día para el
otro. El proceso de recuperación será largo y arduo; por eso
mismo debemos empezar ya.
El punto de partida, a nuestro juicio, es muy claro: no se
equivocó la gente, nos equivocamos nosotros. La tarea pendiente
no es “hacer la plancha” mientras esperamos que la ciudadanía
“recapacite” y vuelva a apoyarnos. La tarea pendiente es la
renovación integral del partido. Renovación en las ideas y en el
discurso; renovación en los métodos del trabajo político; y
también, y fundamentalmente, renovación en el liderazgo.
La ciudadanía no deposita su confianza en programas ni en
organizaciones; la ciudadanía deposita su confianza en los
líderes que encarnan y hacen tangibles a los programas y las
organizaciones.
Cuando decimos pues que el Partido Colorado perdió la confianza
popular, estamos diciendo que los líderes colorados perdieron la
confianza popular. Por eso necesitamos renovar nuestro
liderazgo: para que los ciudadanos vuelvan a confiar en
nosotros.
Esa es pues la tarea de los próximos años: renovar el liderazgo
y renovar al Partido, para recobrar la confianza popular.
Propuestas a la Convención Nacional lista 321
Unión Colorada y
Batllista
Que la Convención Nacional se pronuncie –mediante voto secreto
de sus integrantes por SI o por NO- respecto a si al Comité
Ejecutivo Nacional le corresponde responsabilidad por los
resultados electorales del pasado 31 de octubre.
Fundamentación:
la contundente derrota sufrida por el Partido Colorado el
pasado 31 de octubre, reclama que quienes ejercen la conducción
del mismo asuman responsabilidad en la medida y con los efectos
que habilita la Carta Orgánica.
En este sentido, nada más
legítimo que la soberanía partidaria exprese su veredicto sobre
si al máximo órgano ejecutivo corresponde responsabilidad por
los resultados emergentes del último comicio nacional. La
expresión que niegue asignación de responsabilidad, oficiará
como voto de confianza para la integración actual del CEN.
En su artículo 17, la Carta
Orgánica faculta a la Convención Nacional a “juzgar la gestión
del Comité Ejecutivo Nacional” y el artículo 19 expresa que “La
Convención Nacional elige por voto secreto los miembros,
titulares y suplentes, del Comité Ejecutivo Nacional de entre
sus integrantes en la forma dispuesta en el Capítulo IV)”.
Por ello se entiende procedente
estar a la expresión decisiva del órgano soberano, que se
propone por voto secreto, o sea, un medio equivalente a aquel
utilizado para integrar el órgano de segundo grado.
LA
ONDA®
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