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Lo que
aprendí de la crisis económica mundial
por
Joseph Stiglitz,
ex vicepresidente del BM
José
E. Stiglitz fue vice presidente mayor del Banco Mundial y
miembro activo del equipo económico de presidente Bill
Clinton. Este trabajo está circulando en medios académicos
uruguayos. Por considerarlo de actualidad y de sumo interés,
La ONDA lo comparte con sus lectores.
La reunión de la
próxima semana del Fondo Monetario Internacional traerá a
Washington, D. C. a muchos de los mismos manifestantes que el
último otoño vapulearon a la Organización Mundial de Comercio
(OMC) en Seattle. Ellos dirán que el Fondo Monetario
Internacional (FMI) es arrogante.
Que no escucha
realmente a los países en desarrollo a los que supuestamente
ayuda. Dirán que el FMI actúa de modo confidencial y se guarda
de la rendición de cuentas democrática. Dirán que los
"remedios" económicos del FMI frecuentemente empeoran
el estado de cosas: transforman las caídas de la economía en
recesiones y las recesiones en depresiones.
Y tienen razón.
Yo fui economista principal del Banco Mundial (BM) desde 1996
hasta el mes de noviembre del año pasado, durante la más grave
crisis económica global en medio siglo. Pude ver como el FMI,
en tándem con el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos
(2), respondió a esa crisis. Y quedé horrorizado.
La crisis
económica global comenzó en Tailandia el 2 de julio de 1997.
Los países de Asia Oriental venían de tres décadas
asombrosas: los ingresos se habían incrementado, la salud
había mejorado y la pobreza se había reducido de modo
impresionante. No solamente la alfabetización era ahora
universal, sino que en pruebas internacionales de ciencia y
matemáticas muchos de estos países presentaban mejores
resultados que los Estados Unidos. Algunos de ellos no habían
tenido ni un solo año de recesión en tres décadas.
Pero las semillas
del desastre habían sido plantadas. A comienzos de la década
del 90, los países de Asia Oriental habían liberalizado sus
mercados financieros y de capitales. No porque necesitaran
atraer más fondos (la tasa de ahorro oscilaba alrededor del 30%
o más) sino a causa de presiones internacionales, incluidas
algunas provenientes del Departamento del Tesoro. Estos cambios
provocaron una inundación de capital de corto plazo, ésto es,
la clase de capital que busca el máximo retorno al día, semana
o mes siguiente, muy diferente a la inversión a largo plazo en
ramas como la fabril. En Tailandia, este capital a corto plazo
contribuyó a producir un insostenible auge de la propiedad
raíz. Y, como la gente en todo el mundo (incluido los
norteamericanos) ha aprendido dolorosamente, cada burbuja de la
propiedad raíz tarde o temprano revienta, a menudo con
consecuencias catastróficas. Tan repentinamente como entró, el
capital salió.
Cuando todo mundo
trata de sacar su dinero al mismo tiempo, se origina un problema
económico. Un problema económico de grandes dimensiones. El
último conjunto de crisis financieras había ocurrido en
América Latina en el decenio de 1980, cuando déficit públicos
inflados y políticas monetarias laxas condujeron a la
inflación galopante. Allí, el FMI había impuesto
correctamente la austeridad fiscal (presupuestos equilibrados) y
medidas monetarias más rigurosas, exigiendo que los gobiernos
aplicaran esas políticas como condición previa para recibir
ayuda. De suerte que en 1997 el FMI le impuso las mismas
exigencias a Tailandia. La austeridad, expresaron los líderes
del Fondo, restauraría la confianza en la economía tailandesa.
En cuanto la crisis se extendió a otras naciones de Asia
Oriental -y precisamente cuando la evidencia del fracaso de la
política aumentaba- el FMI a duras penas parpadeó al darle la
misma medicina a cada nación desfalleciente que aparecía en
sus umbrales.
Pienso que esto
fue un error. Primeramente, a diferencia de las naciones
latinoamericanas, los países de Asia Oriental ya estaban
manejando excedentes presupuestarios. En Tailandia, el gobierno
operaba con excedentes tan grandes que en realidad estaba
privando a la economía de las tan necesarias inversiones en
educación e infraestructura, esenciales ambas para el
crecimiento económico. Y también las naciones de Asia Oriental
ya tenían rígidas políticas monetarias: la inflación era
baja y seguía en descenso. (En Corea del Sur, por ejemplo, la
inflación se mantenía en un muy respetable 4 por ciento) El
problema no era de un gobierno imprudente, como en América
Latina; el problema radicaba en un sector privado imprudente:
todos aquellos banqueros y prestatarios, por ejemplo, que
habían apostado a la burbuja de la propiedad raíz.
Bajo tales
circunstancias yo temía que las medidas de austeridad no
reavivarían las economías del Asia Oriental sino que las
zambullirían en la recesión o incluso en la depresión
general. Las elevadas tasas de interés podrían aniquilar las
empresas altamente endeudadas, ocasionando más bancarrotas e
insolvencias. La reducción del gasto gubernamental sólo
contraería aún más la economía.
Por esta razón
abogué por un cambio de política. Hablé con Stanley Fischer,
un distinguido ex- profesor de economía del Instituto de
Tecnología de Massachusetts (MIT) y ex-economista principal del
Banco Mundial, quien había llegado a ser subdirector
administrativo del FMI. Me reuní con colegas economistas del
Banco Mundial que podían tener contactos o influencia dentro
del FMI, instándolos a hacer todo lo que pudieran para que la
burocracia de esta institución actuara.
Convencer a la
gente del Banco Mundial de mi análisis resultó fácil; cambiar
las mentes en el FMI fue virtualmente imposible. Cuando
conversé con importantes funcionarios del FMI -explicando, por
ejemplo, como las altas tasas de interés podrían aumentar las
bancarrotas, con lo que sería aún más arduo restaurar la
confianza en las economías de los países de Asia Oriental- al
principio estuvieron renuentes. Luego, después de fracasar en
traer a colación un real argumento en contra, ellos recurrieron
a otra respuesta: ojalá yo entendiese la presión proveniente
de la junta de directores ejecutivos del FMI, el organismo
designado por los ministros de finanzas de los países
industriales desarrollados que aprueba todos los préstamos del
Fondo (negritas en este texto). El significado de lo que decían
era claro. La junta se inclinaba a ser incluso más severa,
mientras esta gente personificaba en realidad una influencia
moderadora. Mis amigos, que eran directores ejecutivos,
expresaron que quienes estaban siendo presionados eran ellos. El
asunto era enloquecedor, no simplemente porque la inercia del
FMI era tan difícil de acabar, sino porque, como todo ocurría
entre bastidores, era imposible saber quién era el verdadero
obstáculo para lograr el cambio. ¿Era este personal el que
apremiaba a los directores ejecutivos, o eran éstos los que
apremiaban al personal? A ciencia cierta, todavía no lo sé.
Obviamente, todos
en el FMI me aseguraron que serían flexibles: si sus políticas
realmente resultaban demasiado restrictivas, forzando las
economías de Asia Oriental a entrar en una recesión más
profunda que la necesaria; entonces las revertirían. Escuchar
ésto me produjo escalofrío. Una de las primeras lecciones que
los economistas enseñan a sus estudiantes universitarios es la
importancia de los intervalos: un cambio en la política
monetaria (elevando o bajando la tasa de interés) se demora
entre 12 y 18 meses para producir plenos efectos. Cuando yo
trabajaba en la Casa Blanca como Presidente del Consejo de
Asesores Económicos, centrábamos toda nuestra energía en
pronosticar dónde estaría la economía en el futuro, así
podíamos saber qué políticas recomendar hoy. Jugar a ignorar
que pasará en el futuro era el colmo de la locura. Y, sin
embargo, eso era precisamente lo que los funcionarios del FMI se
proponían hacer.
Yo no debería
haber estado tan sorprendido. Al FMI le gusta ocuparse de sus
asuntos sin extraños que hagan demasiadas preguntas. En
teoría, el Fondo apoya las instituciones democráticas en las
naciones que atiende. En la práctica, socava el proceso
democrático mediante la imposición de políticas.
Oficialmente, por supuesto, el FMI no "impone" nada.
Solo "negocia" las condiciones para recibir ayuda.
Pero todo el poder en las negociaciones está en un lado -el del
FMI- y éste rara vez concede suficiente tiempo para lograr un
amplio consenso o incluso para consultas extensas con los
Parlamentos o la sociedad civil. A veces el FMI prescinde de
fingir total transparencia y negocia pactos secretos.
Cuando el FMI
decide ayudar a un país, despacha una "misión" de
economistas. Éstos frecuentemente carecen de experiencia
suficiente en ese país. Lo más probable es que tengan mayor
conocimiento de primera mano sobre sus hoteles de cinco de
estrellas que de los pueblos que salpican su zona rural. Ellos
trabajan duro, absortos en los números hasta altas horas de la
noche. Pero su tarea es imposible. En un período de días o, a
lo sumo, de semanas, están encargados de desarrollar un
programa coherente que refleje las necesidades del país. Sobra
decir que rumiar números rara vez proporciona el entendimiento
que precisa la estrategia de desarrollo para toda una nación.
Aún peor, la rumiadura de los números no siempre es buena. Los
modelos matemáticos que el FMI usa frecuentemente son
defectuosos o anticuados. Los críticos acusan a la institución
de enfocar la economía como si se tratase de un molde para
hacer galletas, y tienen razón. Se ha sabido que equipos de
trabajo para un país han redactado borradores de informes antes
de visitarlos. He oído historias de un desafortunado incidente
ocurrido cuando los miembros de un equipo copiaron extensos
apartes del informe correspondiente a un país y los trasladaron
en su totalidad al de otro. Habrían conseguido su propósito si
la función "buscar y reemplazar" de su procesador de
palabras no hubiera presentado fallas, dejando el nombre del
primer país en algunas partes. ¡Habrase visto! No es justo
decir que a los economistas del FMI no les importan los
ciudadanos de las naciones en desarrollo. Pero los hombres más
viejos que conforman el personal del Fondo -y ellos son
predominantemente hombres viejos- actúan como si sobre sus
hombros llevaran la que Rudyard Kipling describió como carga
del hombre blanco. Los expertos del FMI creen ser más
brillantes, más educados y estar menos motivados políticamente
que los economistas de los países que ellos visitan. De hecho,
los líderes económicos de esos países son bastante buenos, en
muchos casos más brillantes o mejor educados que el personal
del FMI, el cual frecuentemente lo integran estudiantes de
tercer nivel de las universidades mejor calificadas. (Créanme:
he enseñado en la Universidad de Oxford, en el MIT, en la
Universidad de Stanford, en la Universidad de Yale y en la
Universidad de Princeton, y casi nunca el FMI tuvo éxito en
reclutar a los mejores estudiantes.) En el último verano,
dicté un seminario en China sobre la política de competencia
en telecomunicaciones. Por lo menos tres de los economistas
chinos presentes en el auditorio hicieron preguntas tan
complejas como las que hubieran podido hacer las mejores mentes
en Occidente.
Con el paso del
tiempo, mi frustración creció. (Uno podría haber pensado que
ya que el Banco Mundial estaba contribuyendo literalmente con
miles de millones de dólares a los paquetes de rescate, su voz
sería escuchada. Pero fue ignorado casi tan resueltamente como
lo es la gente de los países afectados) El FMI sostuvo que todo
lo que pedía a los países de Asia Oriental era que
equilibraran sus presupuestos durante la recesión. ¿Todo? ¿La
administración de Clinton no había tenido que librar una gran
batalla en el Congreso para evitar una reforma del equilibrio
presupuestario en este país? ¿Y no fue el argumento clave de
esa administración que, frente a la recesión, algo de gasto
deficitario podría ser necesario? Ésto es lo que yo y la
mayoría de otros economistas hemos venido enseñado a nuestros
graduados durante 60 años. Con toda franqueza, un estudiante
que hubiera dado la respuesta del FMI a la pregunta
"¿cuál debe ser la postura fiscal de Tailandia para
encarar una caída económica?", habría reprobado con un
cero.
Cuando la crisis
se extendió a Indonesia, me preocupe aún más. Una nueva
investigación del Banco Mundial mostraba que la recesión en un
país tan étnicamente dividido podría desencadenar toda clase
de turbulencias sociales y políticas. De modo que a fines de
1997, en una reunión de ministros de finanzas y directores de
bancos centrales celebrada en Kuala Lumpur, emití una
declaración que preparé cuidadosamente y fue revisada por el
Banco Mundial, en la que sugerí que un programa monetario y
fiscal excesivamente contraccionista podría conducir a la
perturbación política y social en Indonesia. Una vez más, el
FMI se sostuvo en su posición. El director administrativo del
Fondo, Michel Camdessus, repitió allí lo que había dicho en
público: que el Asia Oriental simplemente tenía que apretar
los dientes tal como lo había hecho México. Prosiguió su
intervención anotando que a pesar del padecimiento durante un
corto plazo, México había surgido más fortalecido de esa
experiencia.
Pero ésta era
una analogía absurda. México no se había recuperado debido a
que el FMI lo hubiera forzado a fortalecer su débil sistema
financiero, el cual continuaba débil años después de la
crisis.
Se recuperó en
razón de una oleada de exportaciones a Estados Unidos, la cual
se produjo gracias al auge económico norteamericano y al Nafta.
En contraste, el principal socio comercial de Indonesia era
Japón, que por entonces estaba, y aún permanece, atorado en el
estancamiento. Además, Indonesia era política y socialmente
mucho más explosiva que México, con una historia mucho
arraigada de disensiones étnicas. Un resurgimiento de
disensiones causaría la huída masiva de capitales (facilitada
por el relajamiento de las restricciones a los flujos monetarios
alentado por el FMI). Pero ninguno de estos argumentos
importaron. El FMI apremió exigiendo reducciones en el gasto
del gobierno. En consecuencia, las subvenciones para satisfacer
necesidades básicas como las de alimentos y combustible fueron
eliminadas en el preciso momento en que las políticas
contraccionistas hacían que esas subvenciones fueran más
necesarias que nunca.
En enero 1998 las
cosas habían tomado un rumbo tan malo que el vicepresidente del
Banco Mundial para Asia Oriental, Jean Michel Severino, invocó
las temidas palabras "r"
(recesión) y
"d" (depresión) al describir la calamitosa economía
en Asia. Lawrence Summers, entonces subsecretario del Tesoro de
los EE.UU., se fue lanza en ristre contra Severino por hacer que
las cosas parecieran peores de lo que eran. Pero ¿qué otra
manera había para describir lo qué estaba pasando? La
producción en algunos de los países afectados cayó 16 por
ciento o más. La mitad de los negocios en Indonesia estaban
implícitamente en bancarrota o próximos a caer en ella y, como
resultado, el país no pudo ni siquiera aprovechar las
oportunidades de exportación que le brindaba el tipo de cambio
más bajo. En países que en esencia carecían de redes de
seguridad social, el desempleo se elevó, incrementándose hasta
diez veces y los salarios reales se desplomaron. El FMI no sólo
no lograba restaurar la confianza en la economía del Asia
Oriental, sino que estaba socavando el tejido social de la
región. Y entonces, durante la primavera y el verano de 1998,
la crisis se esparció más allá de Asia Oriental llegando al
país más explosivo de todos: Rusia.
El descalabro en
Rusia compartía características claves con el desastre en Asia
Oriental, sin que fuera la menor el papel que jugaron las
políticas del FMI y el Tesoro de los Estados Unidos en
instigarlas. Sin embargo, en Rusia la instigación comenzó
mucho antes. A continuación de la caída del muro de Berlín,
dos escuelas de pensamiento habían surgido respecto a la
transición a una economía de mercado en Rusia. Una de éstas,
a la que yo pertenecía, la conformaba una mezcla de expertos
sobre la región, ganadores del premio Nobel como Kenneth Arrow
y otros. Este grupo ponía énfasis en la importancia de la
infraestructura institucional de la economía de mercado, desde
las estructuras legales que hacen forzoso el cumplimiento de los
contratos hasta las estructuras reglamentarias que hacen
funcionar el sistema financiero. Arrow y yo habíamos formado
parte de un grupo de la Academia Nacional de Ciencias que, diez
años antes, había discutido con los chinos su estrategia para
la transición. Nosotros pusimos énfasis en la importancia de
fomentar la competencia -más que limitarse a la simple
privatización de las empresas de propiedad estatal- y apoyamos
una transición más gradual hacia una economía de mercado
(aunque estábamos de acuerdo en que para combatir la
hiperinflación ocasionalmente podían ser necesarias medidas
fuertes). El segundo grupo estaba integrado en su mayor parte
por macroeconomistas, cuya fe en el mercado no era desafiada por
la apreciación de las sutilezas de sus bases, es decir, las
condiciones que requiere el mercado para funcionar
efectivamente. Estos economistas se caracterizaban por su poco
conocimiento de la historia o las singularidades de la economía
rusa y no creían necesitar ninguno. La gran fortaleza, y
fundamental debilidad, de las doctrinas económicas en las que
se apoyaban radica en que las doctrinas son -o se supone que
deben ser- universales. Las instituciones, la historia, o
incluso la distribución del ingreso, simplemente no importan.
Buenos economistas son los que conocen las verdades universales
y pueden ver más allá del montón de hechos y detalles que
oscurecen esas verdades. Y la verdad universal es que la terapia
de choque funciona para países en transición a la economía de
mercado. Verdad que se amplía con esta idea: mientras más
fuerte sea la medicina (y más dolorosa la reacción), más
rápida será la recuperación. Por ahí iban los argumentos.
Para infortunio
de Rusia, la segunda escuela ganó la discusión en el
Departamento del Tesoro de Estados Unidos y en el FMI. O, para
ser más preciso, tanto el uno como el otro hicieron cuenta de
que no había debate abierto y entonces prosiguieron ciegamente
por la segunda vía. Aquellos que se opusieron a ese curso de
acción no fueron consultados o no los consultaron durante mucho
tiempo. En el Consejo de Asesores Económicos, por ejemplo,
había un brillante economista, Peter Orszag, quien había
servido como estrecho consejero del gobierno ruso y había
trabajado con muchos de los economistas jóvenes que con el
tiempo asumieron posiciones de influencia allí. Era
precisamente el tipo de persona cuya pericia le era necesaria al
Tesoro y el FMI. No obstante, quizás porque conocía demasiado,
casi nunca lo consultaron.
Todos sabemos lo
que sucedió después. En las elecciones de diciembre de 1993
los electores rusos les infligieron a los reformistas una gran
derrota, de la cual, realmente, todavía tienen que recobrarse.
Strove Talbott, encargado en ese entonces de los aspectos no
económicos de la política en Rusia, admitió que este país
había experimentado un "excesivo choque y muy poca
terapia". Y todo ese choque no había llevado a Rusia a
ninguna verdadera economía de mercado. La rápida
privatización urgida a Moscú por el FMI y el Departamento del
Tesoro había permitido que un pequeño grupo de oligarcas
ganara el control de los activos del Estado. El FMI y el Tesoro
habían modificado los incentivos económicos en Rusia, lo que
está bien, pero de manera equivocada. Al no prestarle atención
suficiente a la infraestructura institucional que permitiría el
florecimiento de una economía de mercado -y al facilitar el
flujo de capitales hacia dentro y fuera de Rusia- el FMI y el
Tesoro habían sentado las bases para el pillaje de los
oligarcas. Mientras el gobierno carecía del dinero para pagar a
los pensionados, los oligarcas estaban enviando a cuentas
bancarias de Chipre y Suiza el dinero obtenido del despojo de
los activos y la venta de los valiosos recursos nacionales del
país.
Los Estados
Unidos se implicaron en estos sucesos abominables. A mediados de
1998, Summers, en vísperas de ser nombrado sucesor de Robert
Rubin como secretario del Tesoro, realmente convirtió en una
exhibición pública su presencia junto a Anatoly Chubais, el
arquitecto principal de las privatizaciones en Rusia. Con tales
actos los Estados Unidos parecían alinearse junto a las mismas
fuerzas que empobrecían al pueblo ruso. Nada tiene de asombroso
que el antinorteamericanismo se propagara rápidamente.
Al principio, no
obstante la admisión de Talbott, los verdaderos creyentes
dentro del Tesoro y el FMI continuaban insistiendo en que el
problema no era demasiada terapia sino muy poco choque. Pero, a
mediados de la década del 90, la economía rusa continuaba
hundiéndose. La producción había caído a la mitad. Mientras
sólo el dos por ciento de la población había vivido en la
pobreza incluso al final del deprimente período soviético, la
"reforma" vio cómo los índices de pobreza se
elevaron casi en 50 por ciento, con más de la mitad de los
niños de Rusia viviendo bajo la línea de pobreza.
Solo
recientemente el FMI y el Departamento del Tesoro han reconocido
que la terapia fue menospreciada, aunque ahora insisten en que
siempre lo dijeron así.
Hoy, Rusia sigue
en estado de desesperación. Los altos precios del petróleo y
la largamente resistida depreciación del rublo, han ayudado a
recobrar cierto terreno. Pero los niveles de vida permanecen muy
por debajo de donde estaban al comienzo de la transición. La
nación vive asediada por la enorme desigualdad y la mayoría de
los rusos, amargados por la experiencia, han perdido confianza
en el libre mercado. Una caída significativa en los precios de
petróleo casi seguramente reversaría el modesto progreso que
se ha logrado.
Asia Oriental
está en mejores circunstancias, aunque todavía lucha también.
Cerca del 40 por ciento de los préstamos de Tailandia todavía
no se recuperan; Indonesia permanece atascada hondamente en la
recesión. Las tasas de desempleo continúan mucho más altas
que lo que estuvieron antes de la crisis, incluso en países de
Asia Oriental que tuvieron un mejor desempeño, como es el caso
de Corea. Los partidarios del FMI sugieren que el fin de la
recesión es una prueba de la eficacia de las políticas de esta
agencia. Absurdo. Toda recesión finalmente termina. Todo lo que
el FMI hizo llevó a que las recesiones en Asia Oriental fueran
más profundas, más largas y más severas. En realidad,
Tailandia, que siguió las prescripciones del FMI más
estrictamente, tuvo un desempeño peor que el de Malasia y Corea
Sur, que siguieron cursos más independientes.
Me han preguntado
a menudo cómo gente sagaz, incluso brillante, pudo haber
elaborado tan malas políticas. Una razón es que esta gente
lúcida no practicaba una ciencia económica acertada. Una y
otra vez yo me quedaba consternado al ver cuán anticuados y
cuán discordantes con la realidad eran los modelos de
Washington utilizados por los economistas. Por ejemplo,
fenómenos macroeconómicos tales como la bancarrota y el temor
a la insolvencia estaban en el centro de la crisis del Asia
Oriental. Pero los modelos macroeconómicos utilizados para
analizar estas crisis no estaban enraizados típicamente en
microfundamentos, de modo que esos modelos no tomaban en cuenta
las bancarrotas.
Mas la mala
economía era solo un síntoma del problema de fondo: el sigilo.
Las personas agudas son más proclives a hacer cosas estúpidas
cuando se aíslan de la crítica y el consejo que les llega de
afuera. Si hay algo que he aprendido estando en el gobierno, es
que la apertura es más esencial en aquellos ámbitos donde la
pericia parece ser lo más importante. Si el FMI y el
Departamento del Tesoro hubieran acogido un mayor escrutinio, su
necedad se habría tornado más evidente, mucho antes. Críticos
de derecha, tales como Martin Feldstein y George Shultz,
respectivamente presidente del Consejo de Asesores Económicos y
secretario de Estado de Reagan, se unieron a Jeff Sachs, Paul
Krugman y yo en condenar esas políticas. Pero, con el FMI
insistiendo en que sus políticas estaban más allá de los
reproches -y sin ninguna estructura institucional que los
obligara a prestar atención- nuestras críticas eran de poca
utilidad. Críticos más timoratos, incluso internos,
particularmente aquellos bajo responsabilidad democrática
directa, fueron mantenidos en la penumbra. El Departamento del
Tesoro es tan arrogante con respecto a sus análisis y
prescripciones económicos, que frecuentemente mantiene un
control estricto -demasiado estricto- incluso sobre lo que el
presidente ve.
La discusión
abierta habría suscitado preguntas profundas a las que aún se
les presta poca atención en la prensa estadounidense: ¿en qué
medida el FMI y el Departamento del Tesoro propugnan políticas
que realmente han contribuido a la crecida volatilidad
económica global? (El Tesoro impulsó la liberalización en
Corea en 1993 saltándose la oposición del Consejo de Asesores
Económicos. El Tesoro ganó la batalla interna en la Casa
Blanca, pero Corea, y el mundo, pagaron un alto precio.)
¿Algunas de las duras críticas del FMI en Asia Oriental fueron
hechas con la intención de distraer la atención sobre la
culpabilidad propia de la agencia? Lo que es más importante,
¿Estados Unidos -y el FMI- impulsaron esas políticas porque
nosotros, o ellos, creíamos que ayudarían al Asia Oriental o
porque creíamos que ellas beneficiarían los intereses
financieros de los EE.UU. y el mundo industrial desarrollado? Y,
si nosotros creíamos que nuestras políticas ayudaban al Asia
Oriental, ¿dónde estaba la prueba? Como participante en estas
discusiones, procuré ver la prueba. No había ninguna.
Desde el fin de
la guerra fría un inmenso poder se ha depositado en gente
encargada de llevar el evangelio del mercado a los más lejanos
rincones del globo. Estos economistas, burócratas y
funcionarios actúan en el nombre de los Estados Unidos y los
otros países industriales avanzados, y sin embargo hablan un
lenguaje que pocos ciudadanos corrientes comprenden y que pocos
de quienes trazan la política se molestan en traducir. La
política económica es hoy quizás la parte más importante de
interacción de los Estados Unidos con el resto del mundo. Y sin
embargo, la cultura de la política económica internacional que
existe en la democracia más poderosa del mundo no es
democrática.
Esto es lo que
tratarán de decir los manifestantes que gritarán desde afuera
de los recintos del FMI la próxima semana. Por supuesto, las
calles no son el mejor lugar para discutir estos temas altamente
complejos. Algunos de los protestantes no están más
interesados en la discusión abierta que lo que están los
funcionarios del FMI. Ni todo lo que los protestantes digan
será correcto. Pero si la gente a quienes confiamos el manejo
de la economía global -en el FMI y el Departamento del Tesoro-
no comienza un diálogo y toma sus críticas en serio, las cosas
continuarán muy, pero muy mal. Yo ya he visto lo que acontece. LA
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